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04/06/2008 GMT -5

EL TRATADO DE 1929

maestro @ 20:01

Soldados chilenos en Lima, hicieron lo que quisieron con una política hipócrita y doble careta.
Jorge Basadre Ayulo
Ríos de tinta han corrido, tanto en Chile como en Perú, sobre la conveniencia o inconveniencia del Tratado de 1929. Así de los aproximadamente 24,000 kilómetros cuadrados en áspero y odioso litigio por el incumplimiento de Chile al denominado Tratado de Ancón, logramos recuperar a tiempo 8,600 kilómetros cuadrados, a la que debe ser adicionada la provincia de Tarata, indebidamente retenida por Chile.
La devolución de ésta ocurrió en 1925. También quedó fijada la línea divisoria de los dos contrincantes, que empezaría diez kilómetros al norte del puente sobre el río Lluta y continuaba paralela al vetusto ferrocarril de Arica–La Paz. Los chilenos volvieron a mañosear en cuanto a los linderos para sacar provecho del penoso entuerto. Recuerdo las palabras sobre el asunto, escuchadas de niño, de boca de mi tío carnal, ingeniero Carlos Basadre Grohmann, vertidas en su casa entonces ubicada en La Colmena.
Pese a los años transcurridos, zumban como avispas en mis oídos su aguda aseveración: “Si no es por las injerencias y capacidad de los ingenieros peruanos, Chile habría distorsionado los linderos fijados en el Tratado de 1929, en perjuicio del Perú”.

Esas palabras aún las recuerdo pese al transcurso del tiempo y desde esos momentos supe compulsar la política de algunos chilenos, siempre hipócritas, con doble careta, inescrutables con la palabra adulona al poderoso y desprecio al hombre de la calle, que expide su insensibilidad y egoísmo.

Pese a que Chile obtuvo Arica, que no estaba previsto en el Tratado de Ancón, este puerto estaba perdido para Perú en 1929. La gente de esa zona no tenía lazos de amistad con el Perú. Aun obteniendo Perú un triunfo en el plebiscito, hubiera sido imposible revertir Arica a nuestro territorio, no obstante que Tacna y Arica constituyen un cordón umbilical inseparable entre sí. Chile con su negro rostro lo cortó y faltó a su sagrada palabra. Con la política posterior, el país sureño trató de impulsar este puerto libre declarándolo “libre”, que en el fondo constituyó un envite al contrabando y a la larga constituyó un medio de transporte de la coca boliviana a Chile.

En este tema, tanto las opiniones doctas como las populares quedan divididas. Lamentablemente, los peruanos formamos una Nación de atolondrados. A la caída de Leguía, lo acusan de todos los posibles crímenes, inclusive el de lesa patria no obstante arreglar los límites del sur. Fue expulsado como asociado de una importante asociación social limeña por adeudar cuotas mensuales devengadas que no podía pagar porque estaba preso y no compulsaron el hecho de que Leguía fue el mayor benefactor del nuevo local de esta institución, construido durante su periodo presidencial. Después de la adulación, lo tildaron de ladrón, traidor, tirano, vende patria y utilizaron cualquier diatriba imaginable para dañar su imagen.

Así es la vida de los políticos: sublimados cuando detentan el poder político, resultan satanizados cuando son derrocados. Una crítica independiente debe juzgar a Leguía “con los guantes de hielo” que pregonaba el gran historiador Leopold von Ranke (1795-1886). Si no fuera por el valor y coraje de Leguía, los chilenos se hubieran quedado con Tacna y esta llaga quedaría hendida en los corazones de los auténticos peruanos.

Debemos formular un resumen o esbozo como “alegato de bien probado” sobre el referido Tratado de 1929, con sus pros y contras. Entre sus bondades hay que mencionar:

I) El arreglo diplomático constituyó un triunfo peruano después del holocausto del 79. Zanjamos, por ahora, la cuestión espinosa de los límites en el sur, que tuvieron un punto final, aunque no definitivo. Las ambiciones chilenas que execró el Tratado de Ancón violaron la palabra empeñada por Chile, anatemizaron el plebiscito expresamente pactado y pulverizaron la buena fe peruana. El problema estaba pendiente desde 1894, como pérfido botín de guerra amasado por los chilenos.

II) Si el arreglo hubiera demorado tres o cinco años más, Tacna seguiría en el dominio chileno. Ni Sánchez Cerro, ni Benavides lo hubieran logrado. El conflicto peruano–chileno, después de 1894, tuvo una solución pacífica.

III) El Perú recuperó la provincia de Tarata, indebidamente retenida por Chile bajo el pretexto de haber incurrido en “error geográfico”. Para apropiarse de lo ajeno Chile no comete errores. Este país sostuvo con notoria mala fe que el río Sama (frontera norte) incluía esta provincia de Tarata dentro del territorio cedido temporalmente al país del sur, que llegó a convertirla en tierra suya, por ambición.

IV) El Tratado de 1929 constituyó un triunfo de la habilidad diplomática para el Perú, acostumbrado a incurrir en discusiones banales por las cuestiones limítrofes, como sucedió después en 1934.

V) Chile destruyó el principio geográfico de que el valle de Tacna estaba íntimamente conectado con el puerto de Arica. La realidad impedía su separación, pero más pudo el apetito de Chile, propio de la figura mitológica de un voraz Sardanápolo que nunca se sacia con nada y su gula no tiene límites.

No obstante ello, en el pleno siglo XXI existe una comunidad más o menos fraterna entre tacneños y ariqueños e incesante tráfico mercantil y que ha roto el esquema geográfico.

VI) En la solución limítrofe no corrió una sola gota de sangre peruana, salvo la de los heroicos tacneños y ariqueños auténticos en la fase plebiscitaria, derramada a raudales antes del Tratado de 1929 y que coadyuvó en el arreglo definitivo (¿?)

VII) Quedó rota la lanza bastarda de los civilistas peruanos que tildaron el arreglo de 1929 como “Tratado infausto” (Manuel A. Capuñay. Leguía. Lima, 1951. pp. 238, 239).

De un lado opuesto, el Tratado de 1929 contuvo crasos vacíos.

Este instrumento de derecho público zanjó, al menos por un tiempo, el grave problema diplomático de Tacna y Arica. Como obra humana, tiene defectos que no pudieron ser corregidos en esta lucha de Leguía contra el tiempo. Podemos anotar los más saltantes:

I) Mi padre no estuvo nunca de acuerdo con el Tratado de 1929. Expresó, como testigo presencial de este “conflicto de pasiones” que éste “fue inconveniente en relación con los derechos y los intereses del Perú“. (Jorge Basadre Grohmann. Apertura. Lima, 1978, p. 51). En aras de la verdad que debe prevalecer, sobre todas las cosas, nunca mostró complacencia con el libro sobre este tema escrito por quien en vida fuera don Conrado Ríos Gallardo, ni éste le sirvió de inspiración.

No requería de esta fuente escrita y tachable escrita por Ríos, pues los hechos los había vivido mi padre, desde su infancia en Tacna. La amistad entre ambas personas nace en Tacna de niños, ya que el padre de Ríos creo que era médico y atendía a peruanos en muchos casos. La amistad siguió con el paso de los años. Pero, al publicar Jorge Basadre Grohmann la primera edición de su libro La Vida y la historia, patrocinada entonces por el Banco Industrial del Perú, el capítulo sobre “el conflicto de pasiones y de intereses en Tacna y Arica (1922-1929)” causó profundo desagrado en la vanidad chilena de Ríos, ya que sintió un descontento con la referida publicación. Cuando años después mi padre viajó a Santiago para ser integrante de un jurado designado para otorgar un premio para seleccionar la obra histórica chilena de más importancia de ese año, en una reunión social con motivo de ese acontecimiento, Ríos Gallardo tuvo una actitud muy fría y distante con mi padre. Sorprendido mi progenitor por esta actitud del ex diplomático chileno, un amigo le expresó que éste se encontraba muy resentido por el contenido del mencionado libro. Al año y pico siguiente mi padre falleció sin que estos amigos de antaño se volvieran a tratar. Ni mi madre, ni el autor de esta columna recibimos carta o tarjeta de condolencia de la familia Ríos Gallardo. Con este sinsabor, el ilustre tacneño bajó a la tumba. He allí la verdad auténtica pero triste, aunque estas remembranzas duelan en lo más hondo de nuestro ser. Al respecto, vuelvo a releer las palabras del escritor mexicano Carlos Fuentes que debemos rememorar: los buenos recuerdos del pasado deben ser almacenados y desterrar los malos. (Carlos Fuentes. Cuentos naturales. Méjico, 2007. p. 94).

En consecuencia, no es cierto que mi padre escribió esta temática inspirado en el libro y recuerdos de Conrado Ríos Gallardo. Aclaro las cosas como son, aunque cada persona tiene el derecho inescrutable de pensar como su intelecto y sabiduría lo dirija. Lamentablemente, tanto mi padre como Ríos Gallardo estaban a las finales de sus vidas distanciados porque el distinguido ex diplomático consideró punitivo “el delito de opinión” que distanció a viejos amigos.

II) El Perú dio visos de legalidad al infausto Tratado de Ancón de 1883, debiendo haber insistido en la manera pactada que “implicara una reafirmación de nuestra superioridad jurídica y moral”. (Jorge Basadre Grohmann. La Vida y la Historia. Lima, 2007. p. 394). Este afirma que tal solución no hubiera tenido éxito, pero lamenta “la falta de energía, la obstinación y la astucia necesarias para no dejarse acorralar”. Nuestra modesta opinión es que Leguía, conocido en años de auge político como “el Titán del Pacífico”, fue más bien sagaz, práctico, realista y abnegado, ejecutó el acuerdo con rapidez, pues de no existir el Tratado de 1929, Chile hubiera convertido todo Tacna en una nueva Arica. Además, la sombra del gobierno de Estados Unidos rodeaba el tenso ambiente, con clara preferencia hacia los chilenos, siempre duchos en las intrigas diplomáticas.

III) Tacna se quedó sin puerto en el océano Pacífico. El lugar frente al mar conocido como La Yarada no era ni es un puerto idóneo tal como lo sugirió Chile y hoy utilizamos el de Ilo. La zona conocida como la Yarada es útil solo para el atraque de embarcaciones de pesca artesanal, sin estructuras de puerto. Por otro lado, el muelle norte en Arica asignado al Perú está colocado en zona fangosa, por lo que Chile ofreció el dragado del mismo a la hora de su entrega. Incurrimos en otro craso error: confiar en la palabra de los chilenos. Estos no tienen buena fe en los actos que realizan si no les conviene a sus intereses. Pueden patentar todo producto como chileno, desde el pisco, la papa, “los suspiros a la limeña” y todo lo que Sigmund Freud denominaba “el tanatos destructivo”, invívito en muchas personas, como comunicación conciente a lo incorrecto.

IV) El Perú no debió aceptar el pago pecuniario de US$ 6000,000 hecho por Chile en el tratado de marras. Este monto dinerario fue notoriamente diminuto y resultó una prestación irreal. Los daños y perjuicios a pagarse al Perú debieron ser tasados por un tribunal internacional europeo, sin la intervención de Inglaterra.

El referido pago que hizo Chile a Perú fue blanco de chismografía ruin y barata. Los adversarios de Leguía, ante la alevosa e infame información del embajador chileno Figueroa Larraín, sostuvieron que a Leguía más le importaba el dinero que el puerto de Arica”. (Citado por Jorge Basadre Grohmann, op. cit., p. 398).

Esta aseveración de origen chileno recogida por mi padre no es verdad. Los círculos políticos afirmaban en torno a Augusto B. Leguía el calificativo de “yo tirano, yo ladrón”. Pudo haber sido tirano, de hecho lo fue: encarceló a enemigos, clausuró diarios, deportó a sus adversarios, hizo reelecciones ilegales, fue el conductor del Oncenio, periodo largo que desgasta a cualquier político. Empero, debemos aclarar que en nuestro concepto libérrimo, ajeno a pasiones subalternas, Leguía no robó. Entró pobre en bienes materiales a la presidencia por los adversos resultados de sus negocios en Europa, sobre todo después del ascenso político de los bolcheviques en Rusia por sus habilitaciones dinerarias con los zaristas, y murió pobre. Sus hijos tuvieron que hacer frente a los voraces acreedores de Leguía después de su muerte.

El doctor Joaquín Leguía Gálvez, hijo póstumo del ex presidente, solo recibió como herencia la faja presidencial que su padre utilizó por muchos años.

V) Chile no cumplió con construir en el morro de Arica un monumento a la paz. Lo hemos comprobado con náuseas físicas y no literarias. El soldado chileno apunta su rifle al norte como triste presagio y la inscripción en la masa de piedra es vengativa.

Inserto el hombre en el siglo veintiuno, Chile debe aplacar sus ambiciones desmedidas y buscar la prosperidad de sus connacionales. América es una civilización conjunta en la que deben convivir pacíficamente sus habitantes. La riqueza cuprífera de Chile puede extinguirse. Este país no tiene energía, gas, petróleo ni agua, con “una loca geografía”. Debe desterrar el hipócrita carácter que les caracteriza y buscar la amistad de sus vecinos. Vivimos en un mundo globalizado y fraterno por lo que los gobiernos no deben gastar dinero en comprar armamento cuanto éste puede ser utilizado a alfabetizar y dar la mejor solución a las grandes masas que ni siquiera saben leer ni escribir. ¿Para qué comprar fragatas, aviones de guerra, satélites para espiar a los vecinos, tanques, armamento? ¿A quién o a quienes apunta “entrar a su templo de tinieblas, buitres”? (Carlos Fuentes, op. cit., p. 9).

Debemos dejar atrás el siglo anterior calificado como sangriento por Winston Churchill. “Dos nociones trataron de imperar: democracia y mercado para finiquitar un grave problema de desacuerdos... No ha existido la presencia de consentimientos internacionales” (Jorge Basadre Ayulo. Historia del Derecho. Lima, 2001. p. 218. Tercera edición. 3er. Tomo. P. 218). Si los límites de las naciones americanas constituyen un esqueleto viejo y tramposo, ¿por qué luchar tanto por ellos con apetito voraz? Debemos tratar de formar, aunque sea utópico, una América unida como crisol de razas sin objeciones de nacionalismos. Evitemos “los charcos, senderos fugitivos trazados por países medrosos, árboles desnudos más negros que este paisaje después de la batalla” (Carlos Fuentes. Los años con Laura Díaz. Madrid, 2001. p. 15).

El amor y la fraternidad deben caminar del brazo de toda persona bajo un mismo sol. El rastro de destrozos o humo de guerra contienen un chorro de lágrimas que provocan millares de esqueletos al aire y es el juicio final de brazos, tibias y calaveras rotas rumbo a cementerios comunes.
FRATERNALMENTE DR. LUIS ANTONIO, ROMERO YAHUACHI
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